De ver a mi hermano mayor competir en escuelas me empezó a entrar el gusanillo del ciclismo y con siete añitos, mi padre –otro forofo de este deporte- me apuntó a las escuelas del Club Ciclista Burunda, en Alsasua. Los comienzos no se puede decir que fueran precisamente positivos. Creo recordar que por aquel entonces ni entrenaba, y el resultado de las carreras solía variar entre tres posiciones: último, penúltimo y antepenúltimo. Sólo recuerdo ganar una medalla, en Lakuntza, donde fui tercero después de que todos mis rivales se cayeran en una curva. Ni aún así ganaba. Pese a todo, los recuerdos de aquella época son excelentes, con el bocadillo de chorizo y el Kas como el mejor trofeo posible.

Las cosas fueron mejorando, y en infantiles de segundo año ya gané ocho carreras. En cadetes fueron once y ocho en juveniles. Veía que las cosas salían más o menos bien y, además, el estar siempre en el club de al lado de casa facilitaba que compaginara la bicicleta con los estudios. Así que cuando Óscar Guerrero me llamó en agosto de 1997 para que formara parte de su equipo en mi primer año de aficionados, vi cumplido el sueño que tenía desde pequeño: correr en el Caja Rural.

Dos años en blanco

El primer año de amateur fue absolutamente para olvidar. Creo que en toda la temporada apenas corrí veinte días. Soy alérgico a polen, ácaros y gatos, y aquella campaña me atacaron con especial fuerza. Apenas podía entrenar; hacía tres horas y llegaba a casa reventado. No andaba ni la mitad que en juveniles, aunque poco a poco, y con ayuda de las vacunas, las cosas se fueron arreglando.

La segunda temporada (2000) fue más de lo mismo. En esta ocasión el problema venía de un fuerte dolor en la rodilla que apareció pocos días antes de empezar la competición. Después de muchas pruebas, descubrimos que el quid de la cuestión estaba en un pinzamiento en las vértebras que tocaba el nervio y el dolor me bajaba hasta la rodilla. Estuve más de dos meses parado y sólo a partir de verano pude competir con normalidad.

Así que para 2001 sólo pedía un poco de salud y, por fin, tuve un año sin problemas. Empecé bien el año -6º en la crono de la Vuelta a Málaga que ganó Aranaga, y en la que sólo me sacó un segundo y medio pese a no llevar cabra-, y luego hice varios puestos entre los diez primeros y me llevé alguna clasificación secundaria. Nada del otro mundo, pero bastante teniendo en cuenta lo que había pasado los dos años anteriores. Además, ahí todavía compaginaba el ciclismo con los estudios, en los que un año antes había comenzado la carrera de Filosofía. La verdad es que a mí lo que me gusta es escribir –incluso comencé a redactar un libro-, y por eso Filosofía (de la que me resta año y medio para acabar) me decepcionó un poco. En el futuro me gustaría estudiar algo más relacionado con la escritura.

2002, nace un sprinter

Pero volvamos a mi carrera ciclista. 2001 me había dado confianza, y 2002 debía convertirse en el año de mi confirmación. Aunque empecé renqueante, desde el mes de mayo comencé a ascender en mi estado de forma y después de lograr el maillot de los sprints especiales en la Vuelta al Bidasoa –un éxito que me decidió a intentar ser ciclista- enseguida llegó el primer triunfo, en el Campeonato de Navarra sub-23. Después gané mi primera carrera del Euskaldun, en Itsasondo, poco antes de disputar la Volta Internacional a Lleida.

Pese a ser una vuelta durísima, en Lleida ya hice sexto en la segunda etapa, antes de iniciar dos jornadas de Pirineos en las que decidimos reservar todas las fuerzas posibles para disputar el sector de la mañana del penúltimo día. Así lo hice y estuvo a punto de salirnos bien, porque hice tercero, sólo superado por Ferrer y Zárate, que llegaron con unos metros de ventaja. Sólo quedaba ya la oportunidad de la última etapa. A mitad de carrera arranqué con otros 11 corredores, entre ellos el ruso Ivan Tererine (que aquel año terminó 5º en el ranking UCI sub-23). Yo tenía claro que el ruso iba un punto más que los demás y que era la rueda a seguir, y así fue. Cuando arrancó, me fui con él y Jordi Berenguer (Sodexho), y al final fui más rápido que ellos.

Después de Lleida, también gané otra etapa en la Vuelta a León. Aquellos dos triunfos me cambiaron la mentalidad. Eran dos victorias a nivel internacional, y vi que podía tener futuro como sprinter. Había superado a equipos como Credit Agricole y Rabobank, que preparaban muy bien las llegadas a sus hombres rápidos y eso me dio confianza. La verdad es que nunca he preparado muy específicamente los sprints. Será genética y que mi mayor cualidad es la potencia (llegó a los 1.350 watios en las pruebas máximas). Mis grandes exámenes los hacía con Igor Flores (ex euskaltel), al que siempre solía ganar cuando esprintábamos en los entrenamientos. Él ha sido quien más ha confiado en mis cualidades, y siempre me decía que valía para eso, y que tenía que dejarme llevar en la montaña para guardar fuerzas para las etapas con sprint.

Aquel año también fui campeón sub-23 de Navarra y de Euskadi, y conseguí el triunfo en la prueba de Abarzuza, una victoria importantísima para mí, ya que es una carrera dura y demostré que también era capaz de ganar en pruebas selectivas, en una especialidad que no fuera el sprint masivo.

La experiencia del CSC

El año siguiente (2003) pasaba a elite, y debía ser una temporada decisiva para mí. En mayo ya gané una etapa de la Vuelta a Extremadura, y en el mes de agosto surgió la posibilidad de probar como stagiare en el CSC danés. Yo trabajaba como representante en Navarra de la marca de ropa ciclista Tac-Tic, y de ahí surgió en Gerona el contacto con Johnny Weltz, uno de los directores del equipo. Conseguimos una reunión con Weltz en Girona y para allí me marché con Igor Flores y un curriculum. Ya entonces, Weltz nos avisó de que fichar para la temporada siguiente iba a ser casi imposible porque estaban buscando gente experimentada (poco después contrataron a Basso o Jaksche), pero que casi seguro podía correr algunas carreras con ellos a final de temporada.


Así las cosas, me fui a la Vuelta a Galicia con el Caja Rural, y gané la primera y la tercera etapa (ambas al sprint), justo antes de abandonar porque Weltz había llamado en plena carrera para confirmar que me marchaba para Bélgica a correr, en principio, tres pruebas de un día y una vuelta. Aunque fui con toda la ilusión de mundo, sabía que hacer algo en las clásicas iba a ser imposible, aunque sólo fuera por el kilometraje (más de 200 kilómetros, cuando en carrera no había pasado de 150). Mis esperanzas estaban en tratar de dar la sorpresa en alguna etapa de la Vuelta, pero al final el equipo contaba con demasiada gente y me quedé sin correrla. Al menos pude estar en tres clásicas (Memorial Van Steenbergen, G.P. Wallonia y G.P. Isbergues) y comprobar el nivel de aquella gente. Estar al lado de ídolos como Van Petegem, o compartir habitación con Nicolas Jalabert o Jacob Piil fue toda una experiencia.

La merecida oportunidad

Descartado a final de 2003 lo del CSC, me di 2004 como la última oportunidad para ser profesional, aunque no me metí ninguna presión. Si las cosas salían bien, perfecto; si no, a otra cosa. Planteé el año con la idea de hacer por primera vez una buena Copa España. El planteamiento era tratar de puntuar en todas las pruebas excepto el Valenciaga, pero ya en el Guerrita tuve una caída, y en Lasarte no puntué, por lo que desistí de aquella idea y me centré en otras competiciones. Hice un gran Trofeo Iberdrola (escapado toda la carrera hasta ser cazado a 7 kilómetros de meta) y aquello me dio moral antes de ir a la Vuelta a Córdoba, en la que ganó mi compañero Jorge Azanza y yo estrené mi palmarés de la temporada al ganar al sprint –cómo no- una etapa. Después, preparé la Vuelta a Navarra, una de las citas claves, pero allí no me encontré nada bien por el tema de las alergias. Estuve cerca del abandono en varias ocasiones. Además, Berasategui cogió el maillot amarillo y había que trabajar para defenderlo. El día que llegábamos a Estella lo pasé muy mal al inicio, pero con la mentalización de mi director Óscar Guerrero, fui superándome y al final, y aunque yo no seguía muy convencido, el equipo me preparó la llegada. Lancé el sprint desde muy lejos (más de 300 metros), pero pude aguantar la remontada de Marichalar y llevarme la etapa.

Todas esas victorias te hacen coger confianza. El equipo, desde el año anterior en Galicia, se había especializado en prepararme los sprints y, la verdad, yo les devolvía ese trabajo con triunfos. Los siguientes llegaron en Vuelta a Palencia, donde gané las dos llegadas al sprint que hubo, ambas con un gran trabajo de todo el Caja Rural y uno muy especial en el Criterium de Bilbao. Recuerdo que volviendo de Palencia, Óscar nos comentó a Larrinaga, Berasategui y a mí que quién quería ir a correr allí. Y todos mirando para otro lado… hasta que nos dijo que habían cambiado los premios y que había un cuarto de millón de pesetas para el vencedor. Casi paramos el coche allí mismo. La carrera nos salió redonda: yo gané tras ir escapado toda la prueba, Larri hizo segundo, y entre los cuatro del equipo que fuimos nos repartimos 82.000 de las antiguas pesetas por cabeza por apenas dos horas de carrera. Lo nunca visto.

Para aquellas fechas. Óscar Guerrero ya me había comentado que había opciones de sacar equipo profesional y que, si era así, yo tendría un hueco. Antes de confirmarse, aún gané dos carreras más (Alsasua y Huarte), previamente culminar el sueño de mi vida. Ahora, sólo espero responder a la confianza de KAIKU. Tengo muy claro cuál es mi labor, y que soy el típico ciclista que no tiene que estar bien diez días al año, sino al 75 o 90% toda la temporada para a intentar aprovechar alguna oportunidad. Nunca sabes hasta dónde puedes llegar en los sprints con estos monstruos, pero yo no renuncio a nada, tengo esperanzas de estar delante y no descarto dar alguna sorpresa. Me da seguridad que Igor Flores siempre diga que si hago las cosas bien, ganaré carreras seguro, o sea que ahora me toca trabajar duro para no dejarle en mal lugar.